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22 dic. 2010

Primera palabra

Yo estoy siendo partícipe del descubrimiento del habla; esa necesidad de amar en mínimas porciones, esa loca atracción a formar la historia de mis labios por tu cuerpo y cada lunar que contienes en él. Mi hermosa bóveda celeste, constelada de secretos e imágenes que carecen de un nombre, que sólo por ser tuyos se asemejan al amor.


En la cordura de mi habla he meditado cuál podría ser la primera palabra, cuál marcará la historia de manera tan indirecta que sólo pronunciarla nos recuerde a la nada y se asemeje al silencio de manera tan brutal que conquiste nuestras horas de sueño; sería algo muy parecido a decir adiós o quizá anhelarlo. Otra opción sería el decir hola, pero su papel estelar al inicio de cada oración le robaría gran parte de su esencia. Así qué… hola y adiós quedarán descartados por el posible exceso de uso.
Otra opción podría ser Dios: “ser supremo, hacedor del universo”. La verdad, yo no necesite más dioses qué el que creó a mi padre y todo nuestro entorno. Yo he sido aquél que ha creado su mundo, he creado mi historia y también la tuya. Los locos que no saben qué son las palabras nunca han creído posible “eso” de hilar palabras al ser amado.
¡Qué torpes e ilusos! Tú y yo hemos encontrado cada noche la manera de amarnos, a distancia o en secreto, o como mejor nos pinte la noche; si una luna llena cuelga del filo de la ventana, lanzamos un conjuro a nuestra mala rutina de espera y nos vemos hasta que el alba cae sobre nuestros párpados. Cuando la noche pinta silencio, dibujas el mejor beso sobre mis labios, tus manos temblorosas hacen el trazo maltrecho de la caricia anhelada; pero si la noche es sólo noche, no nos queda más remedio que suspirar ante el contorno que mis brazos trazan ante tu imagen y así vamos creando nuestra manera de decir amor.

Quizá la mejor palabra que deba salir de nuestros labios tendría que ser hombre, pero tal como lo es el hombre supongo que se quedaría escondida en el limbo de los labios, no pretendería llegar al caracol de verdad que todos llevamos como estandarte de una emoción ilusoria a nuestro cuarto sentido. ¡Patético, lo sé, lo sé! ¡Es patética la sumatoria de todos nuestros temores!
Siguiendo por el camino intricado de cuál será la mejor o peor. Tengo que aclarar que la peor palabra en pronunciarse es la que se desconoce; la que se pronuncia con todo el gesto de seguridad y justo en la punta de la conciencia (por más que se desee recordarla) se carece de la moral suficiente para rebuscar en nuestro pequeño archivo su significado, sin embargo sale de nuestra boca, rebota en la punta de nuestra conciencia y llega hasta el oído interlocutor para correr como tinta indeleble sobre su aparato auditivo llenándolo de esa horrible mancha que es la ignorancia, lo peor es irla “presumiendo”.

¡No pronunciar más palabras desconocidas, por simple decencia!
Entre las mil palabras que mis manos han imaginado. Despertar, odiar, y silencio. Son, sin duda, las peores a mí gusto. Carecen de belleza; sus sílabas tónicas no son tan fuertes como tu gesto de enojo, y sus sílabas átonas son nada encantadoras o dulces ante tu mueca a la hora de dormir.
¡Es cierto, para mí la mejor palabra que se pueda decir es: tú! Sin tanto tabú, sin ninguna regla. Sin mayor compromiso que el de darte un beso lleno de acentos, o sin ellos; eso no lo hará especial.
Para ti, la mejor palabra imaginada ante el tiempo regalado en mi primer hola, sería mi nombre. ¿Sabes lo complicado que resulta inventar una palabra? y más aún, ¿sabes lo complicado que resulta para mí darle ese sentido nuevo a las palabras que cuelgan de ti?

Son sólo letras… sí, son sólo letras. Es la combinación de una imagen, de un aroma, de un algo ante un alguien. Tu nombre es la espera nocturna o el tiempo perdido.

¿Quién carajos decidió que tiene que haber una primera palabra? Si llegasen a preguntarme cuál será la mejor. Diré que tú. Pero sólo tú sabrás bien el por qué y no necesitaremos de mayor formalismo ante el nombre.

Escribir una nota

1. Desnúdate ante ti. No temas por ninguna idea que ande rondando por tu cabeza. Ni la creas una babosada, por muy mala que sea. Tú convéncete de todo lo contrario.

2. Consulta a tus manos si quieren escribir/teclear o garabatear ideas en cualquier objeto, hasta las bancas de la escuela son un buen lienzo para escribir.

3. Considera el tiempo en que tardas en romper la barrera de "hoy sí hablaré" para que al otro día ya tengas un aproximado de tiempo y no pierdas más al próximo día.

4. Ponle fin a tu pereza y sin más ni menos deja que tu espíritu poético llene de pseudo-magia tu mirada

5. Mentalízate para cualquier discurso que salga de ti. Cualquiera. No será tan malo.

6. Evita a toda costa las cursilerías, las confesiones de mal gusto -Rufina, tás re boonita- y demás artilugios "encantadores", que de encantadores ni las faldas tienen. Di las cosas como son, es más fácil hacerlo de esta manera.

7. No caigas en el cliché de sentarte en algún rincón de casa o en alguna cafetería “bohemia” clásicas por su iluminación tenue, un cigarrillo, una taza de café -sin azúcar- y los anteojos a media vista...

8. No llenes de preámbulos tu cabeza. Sólo llega ante el papel desnudo, y ponle las mejores prendas para ese día; claro, considera las cuestiones climatológicas, las musicales, las teóricas, las físicas...El todo hace un algo.

9. No vayas de mano en mano dándoles a todos tus conocidos el resultado de tal experimento; sólo a los cercanos, a los que tú creas cercanos; si son lo suficientemente cercanos considerarán este -sííí, este texto- como el peor.
                      No me excusaré; acepto que tanta regla hará que el texto que sea escrito siguiendo estos pasos sea algo digno de ser escondido en algún baúl.

10. Olvida esos nueve pasos. Sólo escribe.